viernes, enero 09, 2026

DESOLACiÓN


En el parque, el sol es un clavo ardiente
hundiéndose a traves de mi nuca.
Espero sentado en una banca cualquiera,
lo que ya sé de memoria:
el fin anunciado 
sin ninguna sorpresa,
como una carta escrita en retrospectiva
 enviada hacia uno mismo
y que se olvida echar al buzón.

Una canción melancólica me envuelve los oídos,
un lamento apenas audible
bajo el bullicio de gente desconocida:
niños que chillan persiguiendo palomas,
parejas que se fotografían sonriendo,
perros olfateando el aire viciado,
corredores que marcan ritmo con sus pasos
como si el mundo no estuviera
a punto de partirse en dos
justo aquí, 
en esta madera desgastada
donde mi balanceo es un péndulo mortal.

Todos los instantes podrían ser poéticos,
pero el pensamiento se ha extraviado
en un valle de ceniza húmeda,
los recuerdos alegres se vuelven
sombras que pesan más que la luz,
los sentimientos se deshacen
como hilo podrido entre los dedos.
El sol se abre en una herida que parecía curada,
la naturaleza observa impasible
a este cuerpo inerme, ya rendido
antes de que una extraña voz lo confirme.
Cierro los ojos:
Cristo de espaldas en un muro alto
ensombreciéndome,
condena sin juicio ni perdón.
Sé que la vida volverá a pisarme,
como quien aplasta sin mirar
al gusano moviéndose hacia la vereda,
un adiós ligero, casi distraído,
perfectamente acorde a esta época
donde nadie se detiene a mirar el daño.
Mientras tanto,
la gente respira, ríe feliz,
el amor ajeno brota en los bancos cercanos
en complicidad cínica;
esa melodía doliente se queda grabada,
convierte ese momento en cuchilla fina
que corta despacio, sin prisa.

La mayor culpa es seguir tentando
la estúpida osadía de querer ser feliz
a pesar de tantas pruebas en contra,
reincidir en la misma herida abierta.
Y cuando el intento falla,
queda sólo el vacío absoluto,
la pena máxima sin apelaciones,
que no necesita rótulo
porque la desolación germina ya
dentro de uno mismo.

Versión 2: Melancolía en el parque (IA)

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