No puedo contener la alegría mientras el mundo se derrumba, se me cae la máscara y todo alrededor comienza a tener sentido. Algo va bien, ya no soy el hazmerreír, una caricatura, un ser absurdo frente a las dudas de cómo actuar cuando no se quiere imitar un comportamiento convencional. Ahora puedo expresarme patologicamente cuerdo, con las manías apáticas en pleno estado de desentoxicación social, revelando mis defectos más nocivos y hasta mis intentos más estúpidos por hacerme popular. No valgo ni un centavo, y sin embargo, todos los que lo sabían ya no existen, he vuelto a salir de la nada, puedo usar cualquier etiqueta, nadie me reconoce ya, al fin, todo vuelve a empezar. Empujar esa roca, subir la montaña, llegar a la cima, he repetido mil veces la misma secuencia muchas veces demolido por dentro pero esta vez, haré algo distinto, tomaré el mismo sentido que desprecié, cometeré los errores de todos y fingiré aceptación, vil condescendencia, hundiéndome más en la distancia de sentirme perfecto; así, con mi determinación fundida en insignificancias, giraré de pronto cuando ya nadie levante la vista y desapareceré hasta cientos de años después, en una burbuja experimental del futuro, no creo que sea muy distinto pero si inimaginable en degradación, la esencia de mi felicidad es nunca vivir del ahora, reeemplazar el presente, hacerlo trizas, no quiero presenciar recuerdos como luciérnagas, solo abrazar lo desconocido, esa parte equis fuera de toda lógica y cálculo mental, tomar de esa fuente prohibida, cambiar mis sentimientos por un valle negro al cerrar los ojos. Con esa sabiduría abolida y el devenir frente a mí en un estado permanente de atracción, volver a intentarlo será a cada momento como el tropiezo feliz de saberse ignorante y pequeño por la eternidad, con ganas explosivas de devorarme el mundo, hambre insaciable por alimentarme de eventos inesperados hechos de castillos genuinos construidos a partir de la inercia en movimiento y la reinvención infinita.
«No entres dócilmente en esa buena noche. / enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz». Dylan Thomas
lunes, enero 19, 2026
viernes, enero 09, 2026
PENA MÁXiMA
cuando el pensamiento está ido
en un valle de melancolía,
personas ausentes sin explicación
recuerdos felices
ahora lúgubres
sentimientos rotos para siempre,
agonía de saberse solo
al umbral de estremecimientos
cuando el sol se desgarra en alaridos
y la naturaleza contempla
a un ser inerme a punto de padecer
frente a hechos consumados,
soñando en su desventura
desmotivado por el devenir
en ese día atemporal,
mortecino
de pronto ensombrecido de terror
al cerrar los ojos
con el Cristo de espaldas
cual acto de condena,
en certeza que la vida lo aplastará
una vez más
como al insecto insignificante
que se ve derrotado así mismo
en un adiós cruel y frívolo
acorde al tiempo de hoy.
Aproximarse a la hélice por inercia
para ser destrozado
voluntariamente y a la hoguera,
desaparecer en mil pedazos
convertirse en materia impalpable
como idea contaminada
que carcome desde dentro hacia fuera,
un dolor menguado susurrando
acrecentándose tal cual elemento contundente,
mientras la gente vive
como si nada
al son de su hipocresía,
todos ríen
y el alboroto no da tregua,
el romanticismo sigue floreciendo alrededor
y las melodías se inmortalizan
en curiosa complicidad
precisamente haciendo de ese momento
una tortura poética
que fragmenta el alma
obliga a declinar al culpable,
cual verdugo lo haría,
ante el instrumento afilado
que cercena por gravedad
ante hechos probados
por reincidencia estúpida
a tentar felicidad a pesar de todo
y sin conseguirlo,
expuesto a la pena máxima: desolación.
Versión 1: Melancolía en el parque (H)
DESOLACiÓN
hundiéndose a traves de mi nuca.
Espero sentado en una banca cualquiera,
lo que ya sé de memoria:
el fin anunciado
sin ninguna sorpresa,
como una carta escrita en retrospectiva
enviada hacia uno mismo
y que se olvida echar al buzón.
Una canción melancólica me envuelve los oídos,
un lamento apenas audible
bajo el bullicio de gente desconocida:
niños que chillan persiguiendo palomas,
parejas que se fotografían sonriendo,
perros olfateando el aire viciado,
corredores que marcan ritmo con sus pasos
como si el mundo no estuviera
a punto de partirse en dos
justo aquí,
en esta madera desgastada
donde mi balanceo es un péndulo mortal.
Todos los instantes podrían ser poéticos,
pero el pensamiento se ha extraviado
en un valle de ceniza húmeda,
los recuerdos alegres se vuelven
sombras que pesan más que la luz,
los sentimientos se deshacen
como hilo podrido entre los dedos.
El sol se abre en una herida que parecía curada,
la naturaleza observa impasible
a este cuerpo inerme, ya rendido
antes de que una extraña voz lo confirme.
Cierro los ojos:
Cristo de espaldas en un muro alto
ensombreciéndome,
condena sin juicio ni perdón.
Sé que la vida volverá a pisarme,
como quien aplasta sin mirar
al gusano moviéndose hacia la vereda,
un adiós ligero, casi distraído,
perfectamente acorde a esta época
donde nadie se detiene a mirar el daño.
Mientras tanto,
la gente respira, ríe feliz,
el amor ajeno brota en los bancos cercanos
en complicidad cínica;
esa melodía doliente se queda grabada,
convierte ese momento en cuchilla fina
que corta despacio, sin prisa.
La mayor culpa es seguir tentando
la estúpida osadía de querer ser feliz
a pesar de tantas pruebas en contra,
reincidir en la misma herida abierta.
Y cuando el intento falla,
queda sólo el vacío absoluto,
la pena máxima sin apelaciones,
que no necesita rótulo
porque la desolación germina ya
dentro de uno mismo.
Versión 2: Melancolía en el parque (IA)
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